La bondad de los extraños ¿Carta abierta?

En tiempos de diferencias exacerbadas…

Por el Profesor Enrique Krauth

«Siempre dependí de la bondad de los extraños», es la frase de Blanche DuBois en la escena final de «Un tranvía llamado Deseo».  Me acuerdo clarito el dolor a flechazo en el medio del pecho que sentí cuando la escuché, hace ya una eternidad a Vivian Leigh en la película donde se consagró Marlon Brando. Recuerdo también que me costó muchísimo explicarme por qué me sentí así. Gran negador, diría una mujer mala que anda por mi casa. En un principio pensé que me había conmovido la desolación y lo vulnerable de ese personaje que » Siempre habia dependido de la bondad de los extraños». Pero al rato se me empezaron a aparecer como en un flash todas las veces en que extraños, verdaderos extraños, me habían ayudado, solucionado problemas y  facilitado la vida. Gente a la que no sé si le agradecí como corresponde. Personas entrañables, nobles, que no dudaron darme su apoyo sin esperar absolutamente nada a cambio. Después pensé que esas personas seguramente habían ayudado a otros. Por qué tenía que ser yo el único. Y que a su vez, seguro que ellos mismos fueron ayudados alguna vez por extraños. Entonces pensé que; tal vez, lo que nos quiso decir Tenesse Williams con esa frase final en boca de su genial personaje era que en realidad, todos, en alguna medida, dependemos de la bondad de los extraños.  La humanidad entera depende de la bondad de los extraños. Quizá ese sea mensaje, si es que existe. Una mezcla perfecta de atemorizante y esperanzador., La humanidad necesita de la bondad de los extraños. Por otra parte, me parece que, por sobre todas las cosas, necesitamos domostrar nuestra capacidad de  bondad con los extraños. Cualquier gil es bueno con las personas que quiere o aprecia. El asunto es tratar de hacer el bien a aquellos que no conocemos. Porque sí. Sin esperar ninguna recompensa. Nos necesitamos, mal que nos pese.  No deberiamos olvidarlo si nos  interesa un destino en común.

Esta semana tuve una prueba contante y sonante de esto con la ayuda de una exquisita persona que, realmente y sin ningún tipo de exageración, con su intervención precisa y solidaria, literalmente, me devolvió la tranquilidad.

 Mi homenaje a Julio, de Tucumán. No sé ni siquiera el apellido y le estaré eternamente agradecido. 

Escribo esto mientras disfruto del sol de un domingo maravilloso mientras el asado, como siempre, se hace solo. Vamos nosotros…que si la tarde es mía, la tarde es nuestra. 

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