La moderación no está en el horizonte del Frente de Todos, ganen o pierdan van por más

El mercado, el círculo rojo y los rumores dan por hecho que el Gobierno girará hacia la moderación después de las elecciones. Pero los antecedentes históricos y las señales de los socios del poder dicen todo lo contrario

Alberto Fernández y Cristina Fernández

Nancy Pazos para Infobae

Los argentinos votaremos en exactos siete días. Ahí daremos una primer idea de lo que pensamos del presente, del pasado reciente y no tanto, y lo que queremos para el futuro. Pero la cúpula del poder económico local, el famoso círculo rojo o los factores permanentes de influencia ya dieron su veredicto. Para ellos el Gobierno está más cerca de llevarse un susto en estas elecciones que de ganar.

Lo manifiestan en una incipiente euforia en el mercado (apalancada también por un mundo en recuperación), lo potencian con el consumo de encuestas cruzadas y lo ratifican mostrándose como un bloque uniforme y sin fisuras. Como con la asistencia perfecta de esta semana en el festejo del día de la Industria convocado por la UIA en el que se lo vio en primera fila hasta al propio Paolo Rocca.

La hipótesis con la que trabaja el establishment no se circunscribe a las urnas. Están convencidos que, entre el resultado electoral y la necesidad de un acuerdo con el Fondo Monetario, el Gobierno se encamina inexorablemente -por necesidad más que por convicción- hacia una moderación de facto. Todos los datos sirven para sumar a la teoría. Hasta la frecuencia de contactos (muchas veces para pedir una opinión o chequear un dato) entre Cristina Kirchner y Martín Redrado.

Desde que la vicepresidenta lo sacó del freezer gracias a una oportuna gestión de Javier Timerman, los corrillos del poder económico están siempre atentos y sensibles al devenir de esa relación. Ven una luz de esperanza en que el ex “Golden Boy” lleve una cuota de racionalidad al Instituto Patria.

Por eso fue tan emblemático lo que pasó esta semana con la UIA. A pesar de que tenían más para festejar en común que para reclamar (los números de producción, la recuperación del empleo y las exportaciones siguen en alza) el Presidente y sus ministros pegaron el faltazo al festejo. No era para menos. Daniel Funes de Rioja los invitó primero a la planta de Jugos Baggio en Gualeguaychú (empresa que tiene un litigio con el Banco Central) y, al darse por aludido de la inconveniencia de la locación, optó por la sede de Cerámica Alberdi en José C Paz.

¿No se dio cuenta que el CEO de esa empresa, Martín Rapallini, es confeso macrista y que encima está involucrado en una causa contra Cristóbal Lopez? Estaba claro que en medio de la campaña electoral no era el mejor anfitrión. Así que el Gobierno pegó el faltazo. Alberto Fernández terminó festejando en el Chaco, Axel Kicillof con Victor Fera en la planta de Marolio en General Rodríguez, y la UIA se tuvo que conformar con la presencia del secretario de Industria, Ariel Schale, quien les habló durante una hora de todo lo que había hecho el Gobierno por ellos en medio de la pandemia.

Todo el armado intelectual que sostiene hoy las presunciones del establishment es antagónico a la historia y el presente del Frente de Todos. Si bien es cierto que los discursos mas duros dieron lugar a la flexibilidad de la campaña (CFK usando las tribunas de campaña para dar señales al FMI, por ejemplo) el Gobierno se encamina hacia una profundización de las políticas de contención de los sectores mas vulnerables de la sociedad y, por ende, a una política de expansión del gasto público.

Y el rumbo está definido más allá del resultado electoral. Los memoriosos recuerdan que fue con la derrota del 2009 (Francisco De Narváez a Néstor Kirchner) que el kichnerismo profundizó sus políticas expansivas. La AUH por decreto fue el dato más contundente. Pero sin ir tan atrás en la historia, está claro que el movimiento que se va generando para la post elección no tiene nada de tibio.

“Si se invisibiliza a la gente no hay destino” es la frase de cabecera hoy en el Instituto Patria y La Cámpora, los sectores mas activos e ideológicos del Frente de Todos. Nadie que hable con ellos por estos días imagina un futuro sin profundización de políticas de crecimiento del mercado interno y políticas de contención social.

Tampoco hay que ser un iluminado para percibirlo. Cristina uso el silencio en los últimos días (lo romperá el jueves en el cierre de la campaña nacional en el Estadio Único de La Plata) para dar paso a la voz de su hijo. Cualquiera que haya seguido los discursos de Máximo en el escenario (“voten en defensa propia”, “hay una lógica que hay que debatir porque hay una lógica política -la del macrismo- que dice que depende de dónde nacés para acceder a los derechos”, “los títulos de los diarios advierten sobre la baja en la inversión social; bien, porque coincidimos y está bien que la aumentemos pero después no nos critiquen”), entiende que la moderación no es su horizonte ni su estilo.

De hecho, al desencuentro del oficialismo con la UIA se le contrapuso esta semana los aceitados lazos con el sindicalismo. El lunes fue clave. En un ignoto quincho de San Telmo comieron asado al mediodía, Héctor Daer (Sanidad), Andrés Rodríguez (UPCN), Gerardo Martínez (UOCRA) y José Luis Lingeri (Obras Sanitarias) con Máximo Kirchner y el ministro del Interior, Eduardo “Wado“ de Pedro.

La invitación fue telefónica de “Wado” a Rodríguez. El lugar lo puso La Cámpora y el horario fue acotado porque a las 16 los líderes de la CGT tenían pautado estar en Casa de Gobierno con el Presidente.

Los comensales quedaron satisfechos. Hablaron claro y pusieron objetivos. También hubo contrapuntos interesantes. De esos que van marcando el terreno. “Necesitamos que los salarios le ganen a la inflación este año, que haya recuperación, los sueldos estatales no se pueden quedar atrás”, se le escuchó decir a Kirchner. Pero correr por izquierda a la CGT puede dejarse pasar en público pero no en privado.

Pero lo mas interesante seguramente es lo que se viene. Por lo bajo, lo que se está tejiendo para el día después y que ya esbozó en público Sergio Massa es el intento de un pacto post electoral con los sectores más afines de la oposición. “Si no ganamos y no hay un gran acuerdo nacional lo único que vamos a poder socializar es la pobreza”, dicen por lo bajo los mismos sindicalistas que ahora son invitados a la mesa del poder.

El Gobierno parte de una convicción. Que la performance económica y por ende electoral mejorará en noviembre. También que esa minoría silenciosa que hoy duda no solo a quién votar sino si ir o no a votar en las PASO, va a terminar en la elección general apostando por el oficialismo.

Las últimas apuestas internas hablan de 4 puntos a favor en Buenos Aires y un final reñido en la interna en Santa Fe, donde el Frente de Todos especula con un corrimiento de los votos post PASO en la oposición. En una provincia dividida por tercios no por mitades, si en la interna de Juntos termina ganando la dupla más conservadora, ¿quién asegura que el voto radical que supo tener historia local junto al socialismo tolere meter en la urna la boleta de la devenida en ultraconservadora Amalia Granata?

Igual en esa provincia el que siente que ya ganó es el gobernador. Omar Perotti no solo puso su foto en la boleta sino que gracias al acuerdo con la vicepresidenta ahora tiene dialogo directo. Todo un paso adelante para ambos. Si fuera por el corazón Cristina hubiera optado por Agustín Rossi. Pero el 23 está a la vuelta de la esquina. Y la armadora estratégica del oficialismo no podía permitir que Santa Fe quedara a la deriva. Para líberos ya bastante tiene con el peronismo cordobés de Schiaretti.

A la historia siempre es buena tenerla en cuenta. Está claro que tanto para el Gobierno como para la UIA la salida de la argentina es a través de la industrialización del país. Cada uno tiene sus métodos, propuestas y proyectos pero el objetivo es el mismo.

Lo que estaría bueno es, posiblemente y como para exorcizar al sector, que alguna vez se propongan cambiar la fecha del Dia de la Industria. Es que el 2 del septiembre rememora a ese día de 1587 en que la Carabela San Antonio partió del Riachuelo rumbo a Brasil con cubrecamas, sombreros, bolsas de harina y frazadas. Todo producido en Santiago del Estero. Se cree que esa fue la primer exportación industrial de nuestro suelo.

El problema es que escondida abajo de esas mercancías iban barras de plata provenientes de Potosí y cuya exportación estaba prohibida. La primer exportación industrial argentina encubrió en realidad nada más y nada menos que contrabando.