Una guerra puede desencadenarse por una constipación

Por Emiliano Damonte Taborda

Jorge Luis Borges dice en un ensayo que escribió en 1946:

“El argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse a la circunstancia de que, en este país, los gobiernos suelen ser pésimos o al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano. Aforismos como el de Hegel “El Estado es la realidad de la idea moral”, le parecen bromas siniestras.”

El discurso que dinamitó el acuerdo

El viernes terminamos este año de “Lo que queda del día”, el programa que hacemos junto a Guillermo Pérez en Oidmortalesradio.com.ar y tal vez de ahí venga esta impresión de corte anticipado (todavía faltan 11 días para que termine el año. Eso en Argentina es una eternidad).

El discurso del Diputado Kirchner, que inició el epílogo de la discusión del presupuesto en la Cámara Baja, me recordó inmediatamente el ensayo de Borges que cito como bajada, al tiempo que reflotó una idea que adquirí a lo largo de mi vida. La idea es que los asuntos importantes del mundo, son resueltos por personas ordinarias y mediante mecanismos completamente ordinarios. Una guerra puede desencadenarse por una constipación. Sobre esto no tengo dudas. Esto es más difícil, mientras más sistémico es el funcionamiento de una sociedad,. En países donde los mecanismos funcionan como parte de un sistema, la incidencia de lo individual es menor (aunque jamás nula), en cambio, en un país como el nuestro, donde los mecanismos y el sistema mismo son solo un trazado ligero, la incidencia del individuo es enorme.

Así fue como el viernes en la Honorable Cámara de Diputados, un grupo de parlametarios que están ahí para representar a otros millones, decidió en base a hormonas, sus historias personales, sus miedos, su sentido de la oportunidad, su instinto de supervivencia, el cansancio, el hambre y las ganas de ir a casa. Bueno, en fin de cuentas, decidió como siempre.

Máximo Kirchner nunca ocupó un lugar más destacado en su vida. Ha sido en general un triste reflejo lejano de su padre, evidentemente oprimido por la figura de su madre e incapaz de definir una identidad política propia. En el recinto durante la discusión del presupuesto, por algún motivo que nunca conoceremos, todo eso confabuló de manera coordinada y explotó en una manifestación verbal fuera de lugar y de contexto, cargada de impotencia y de miedo reprimido. Todas estas emociones no tenían nada que ver con la discusión del presupuesto.

El exabrupto de Máximo fue demasiado torpe, demasiado soberbio y demasiado intempestivo como para que la Oposición lo dejara pasar. Fue una tentación irresistible. La posibilidad de penalizar a un Oficialismo soberbio que por primera vez se encontraba en posición de franca debilidad y además hacerlo merced a una torpeza del hijo de Néstor y Cristina, fue demasiado.

Hasta hacía minutos parecía sensato mandar el presupuesto a comisión. ¿Qué es lo que había cambiado? El presupuesto seguía siendo el mismo mamarracho impresentable que era desde el principio, Alberto el mismo inconsistente, las divisiones dentro del Frente de Todos las mismas. ¿Qué es lo que había cambiado?

La idea de grupo

Lo que logró Máximo con su discurso, fue generar la más poderosa idea que el hombre es capaz de generar, la idea de grupo. Cuando el Diputado Kirchner terminó su discurso, la Oposición era una sola y había abandonado toda tibieza.  Esa sensación es siempre solo momentánea, minutos después de la votación, las diferencias que separaban a la Oposición seguían ahí. Pero el airado discurso del hijo de la vicepresidenta tuvo el efecto de unirlos a todos por el tiempo que hizo falta para que el presupuesto 2022 fuera rechazado (cómo personalmente creo que debía suceder).

Estoy convencido de que la vocación dialoguista que mostraba la oposición era solo la expresión de su falta de acuerdo interno. Las peleas radicales, los exabruptos de Milei, las bravuconadas de Espert, las respuestas de Bullrich, los halcones y palomas, una resonancia de un año entero de campaña electoral, estaban todavía calientes en los parlamentarios opositores que debutaban en una circunstancia inédita de mayoría. Habían entrado marcándose la cancha entre ellos, los experimentados mostrando “oficio”, los nuevos mostrando “coraje” y así los fueron durmiendo hasta que el mensaje de Alberto Fernández, el Presidente “moderado”, los planchó a todos.

Todo estaba listo para que el mamarracho de Presupuesto que estaba presentando Guzmán saliera, modificado y transformado en un Frankenstein legal tras engorrosos debates, pero saliera y con la firma de la oposición.

Pero apareció Máximo Kirchner, con sus líos a cuestas, con su conciencia de no haber hecho nada importante, hijo de dos presidentes de la República, cansado, provocado, bajo de glucosa, irritado, necesitando reforzar su ego y los despertó a todos.

La oposición se despertó dotada de un espíritu de grupo que no había buscado, fuerte y segura, y tomó la decisión que debió haber tomado en el minuto uno del debate en la Cámara: someter a votación la ley y que las inconsistencias del cachivache que había terminado armando Guzmán, buscando conformar a todos sus jefes, siguiera el caminó que siguió.

Hoy las cartas quedaron sobre la mesa. El Gobierno dejó expuesta toda su división, Alberto toda su debilidad, el Kirchnerismo toda su incapacidad para gobernar sin mayoría y la Oposición toda su dificultad para actuar sistémicamente. Entre lo que iba a pasar y lo que pasó, hay demasiado espacio cómo para considerar que fue una decisión orgánica y no una mera reacción instintiva ante el ataque.  Es necesario que los partidos de oposición, se planteen hoy mismo que la unidad no puede ser solo una reacción, sino que debe ser orgánica y sistémica.