El sumo pontífice hizo una visita extraoficial a un hogar de sacerdotes frente al Comando del Ejército. El recorrido siguió en Casavalle, la UCU y llegó al Estadio Centenario.
El papa León XIV en Uruguay comenzó su segundo día de visita en Paysandú, donde celebró una misa en el Parque París Londres. Luego viajó a Montevideo para encabezar tres actividades: una en Casavalle, otra en la sede de la Universidad Católica del Uruguay (UCU) y otra en el Estadio Centenario.
«¡No le teman al para siempre!»
«Jóvenes, ustedes mismos atrévanse a dar el paso casándose y formando una familia. ¡No le teman al «para siempre»! Matrimonios, abran su casa a la vida, incluso cuando el mundo les diga que un hijo es una carga. Si alguno siente que Cristo lo llama a dejarlo todo para seguirlo en el sacerdocio o en la vida consagrada, no ignore esa voz por miedo a perder otras posibilidades.
Cuando ser justo y honrado tenga un precio, páguenlo. Cuando perdonar parezca una derrota, perdonen. Cuando todos les digan que piensen primero en ustedes mismos, no tengan miedo de hacerse los últimos; sean capaces de entregar tiempo, dinero, comodidad y proyectos para servir a los demás. Que quien los mire pueda preguntarse: «¿Por qué vive así? ¿De dónde saca esta libertad? ¿Por qué se aman tanto?»», prosiguió.
«La estrella que vieron los Magos no era la meta. Su misión era conducir a Belén, donde está Cristo. Si nuestra vida despierta una pregunta en otros, habrá dado fruto cuando esa pregunta guíe a alguien hacia Jesús. Para iluminar mucho no hace falta ser muchos, basta reflejar la luz del Señor», enfatizó León XIV.
El mensaje del Evangelio según San Lucas sobre la falta de lugar para Dios en la sociedad actual
«Basta pensar en la Eucaristía: ¡el Señor del universo presente bajo las humildes apariencias del pan y del vino! Esa misma lógica divina se manifiesta ya en su nacimiento. San Lucas nos cuenta que, llegado el momento del parto, «no había lugar para ellos» (2,7). Todo estaba ocupado. Quizá podemos ver en esta frase una imagen de la indiferencia actual. La vida se llena de ocupaciones, afectos, proyectos y distracciones, hasta que la ausencia de Dios deja de sentirse como ausencia. Se puede llegar a vivir sin buscarlo y, más aún, sin advertir cuánto lo necesitamos», prosiguió León XIV en el Centenario.
«Sin embargo, Cristo viene, pero la casa está llena. No hay lugar dentro y termina recostado en un pesebre; poco después, Herodes intentará acabar con Él, incapaz de soportar un reinado que no controla. Hay algo de Belén que sigue repitiéndose: Dios puede ser considerado innecesario y la fe confinada al ámbito privado, como si nada tuviera que aportar a la vida en común. Cuando se pretende construir un mundo sin Dios, se corre el riesgo de dejar también al hombre sin lugar. Pero nada de eso cambia la realidad: aquel Niño es Dios y viene a salvarnos. Y en ese «nos» estamos todos, porque la indiferencia puede entrar también, poco a poco, en la vida de quienes creemos».
«Estar con ustedes esta noche me permite compartir una reflexión sobre algo que experimentan muchas comunidades cristianas: el avance de la secularización y de una indiferencia religiosa cada vez más extendida. En muchos lugares, la fe ha dejado de transmitirse con la naturalidad de generaciones anteriores y crece el número de quienes atraviesan buena parte de su vida sin una relación habitual con la Iglesia ni con la práctica religiosa. Los creyentes que peregrinan en Uruguay han tenido que aprender a vivir y anunciar su fe en ese escenario, como hemos podido escuchar esta noche. Por eso, su experiencia puede ayudar a hermanos y hermanas en otras partes del mundo que comienzan a descubrir, de distintas maneras, qué significa ser una minoría. Pero, aun en estas circunstancias, hay quienes perseveran: padres que rezan con sus hijos, profesores que procuran vivir y testimoniar la fe, jóvenes que han descubierto a Cristo y desean seguirlo incluso cuando se sienten solos, hay comunidades que continúan reuniéndose y sacerdotes que recorren grandes distancias para llevar los sacramentos a los fieles. Al pensar en todo esto, me venía una y otra vez a la memoria una pequeña ciudad bíblica: Belén», continuó el papa.
«El profeta Miqueas la había llamado «pequeña entre los clanes de Judá» (5,2); san Mateo, en cambio, dirá: «De ningún modo eres la menor» (2,6). Belén seguía siendo pequeña. Nada había cambiado en su tamaño ni en su importancia política. Quizá Belén pueda enseñarnos algo sobre nuestra realidad: cuando somos pocos, cuando disminuyen las fuerzas o cuando comprobamos que nuestra presencia social ya no es la misma, existe el riesgo de empezar a juzgar nuestra situación con criterios muy humanos. El Evangelio nos invita a mirar de otro modo. Dios escogió Belén, y esa elección basta para que no identifiquemos pequeñez con insignificancia».
«Doy gracias a Dios por la oportunidad que me da de encontrarme aquí con ustedes. Agradezco también al cardenal Sturla, arzobispo de Montevideo, las palabras de bienvenida que me ha dirigido, así como a Federica, Giovanni y la familia Gutiérrez Hernández la sinceridad con la que han compartido sus testimonios. Sé que, detrás de lo que puede verse en una visita breve, hay años enteros de fidelidad. Pienso en las familias que han transmitido la fe, en los sacerdotes y consagrados que han entregado su vida, en los laicos —muchos de ellos jóvenes— que sostienen sus comunidades y en tantas personas que se ponen al servicio de los demás por amor a Dios. Gracias por haber hecho presente a Jesucristo en tantas vidas. Él nos eligió para que vayamos y demos fruto (cf. Jn 15,16), ¡y cuánto de ese fruto está floreciendo allí donde nosotros mismos ni siquiera alcanzamos a verlo! La Iglesia les está profundamente agradecida», comenzó su discurso.
Fuente: El País
