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Confirmaron la condena por la cocina de droga hallada en Concordia

La Cámara Federal de Casación Penal confirmó la condena a siete años de prisión contra Rafael Salvador Benítez, un falso peón rural, por el caso del laboratorio clandestino de droga que explotó en Concordia.04092015_cocina_de_cocaina_jpg2

En la investigación se probó que la banda estaba conectada con otra que producía estupefacientes en una quinta de Paraná y también tenía vínculos con la prostitución y la trata de personas. La explosión de una casa dejó al descubierto una organización dedicada a la fabricación de cocaína en Concordia. El hecho ocurrió el 27 de marzo de 2011 y le costó la vida a Elizabeth Tamay, una joven de 20 años que murió cuatro días después, en el Hospital Masvernat por las graves quemaduras que le produjo el estallido por la combustión de los químicos que se utilizan para producir cocaína y la colilla de un cigarrillo encendido.

Para la justicia, la muerte de Tamay fue un hecho accidental. Pero la Cámara Federal de Casación Penal confirmó la condena a siete años de prisión para Rafael Benítez por el delito de fabricación de estupefacientes, que le había impuesto el tribunal de juicio en marzo del año pasado.

Rafael Salvador Benítez, un falso peón rural de 51 años, fue considerado el líder de una organización dedicada a fabricar cocaína en un laboratorio clandestino que funcionaba en la casa del centro de Concordia.

Los jueces Gustavo Hornos, Mariano Borinsky y el paranaense Juan Carlos Gemignani, consideraron que «en lo relativo a la ponderación de las pruebas, a la acreditación de la ocurrencia de los hechos juzgados y a la participación que le cupo a Benítez surge que la sentencia dictada se encuentra correctamente fundada y no presenta fisuras de logicidad en su razonamiento».

El Tribunal de casación aclaró que «no se le enrostró a Benítez la muerte de Elizabeth Tamay sino que se valoró ese infortunio para fundamentar y explicar que la conducta desplegada por Benítez (léase, la instalación de una cocina de cocaína en la casa que alquilaban) fue altamente peligrosa y que, en consecuencia, se había producido una gran afectación a la salud pública» y agregó que «el accionar delictivo emprendido por Benítez fue rudimentario y negligente, sin ninguna previsión para neutralizar los riesgos de instalar en una vivienda una fábrica de estupefacientes, tarea que comprende la manipulación de tóxicos peligrosos y vapores, gases y líquidos altamente inflamables».

La casa, según se probó, había sido alquilada por Benítez para vivir con Tamay, «aunque sea a tiempo parcial». Allí había un laboratorio clandestino de droga y la joven «falleció a raíz de una explosión producida por la interacción de los químicos utilizados para la producción de cocaína y una colilla de cigarrillo».

 

EL DÍA DE LA EXPLOSIÓN

 

El 27 de marzo de 2011 a la madrugada se produjo una estruendosa explosión en una antigua casona de Las Heras y Laprida. El estallido había derrumbado una pared, provocó daños en las cañerías, los muebles estaban carbonizados y había varias prendas chamuscadas. Tal había sido el impacto de lo ocurrido que había restos de cocaína esparcida por casi toda la casa y hasta en la vereda.

Tras el estallido, Tamay fue trasladada al Hospital Masvernat por otras dos mujeres, en una camioneta. Enfermeros y personal de guardia ratificaron que la joven llegó «caminando por sus propios medios», que estaba «sin ropa, envuelta en una sábana» y alcanzó a decir su nombre.

Los testigos que recibieron a la joven en el hospital dijeron que en las primeras horas del día aparecieron dos hombres preguntando por el estado de salud de Tamay. La voz cantante la llevaba uno de ellos, que se identificó como Alejandro Quiroga, aunque era en realidad Benítez, quien no pudo explicar cómo se había enterado de que estaba internada y se fue.

El mismo policía que había sido blanco de las consultas los siguió, alcanzó a ver que se iban en un Renault Clio gris, tomó nota de la patente y dio el alerta. Cuando lo detuvieron, Benítez llevaba dos envoltorios con 7.100 dólares y 2.472 pesos. Un perro adiestrado detectó rastros de drogas en el auto, lo que indicaba que en ese vehículo se había transportado cocaína.

 

 

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