
Testimonios de excombatientes revelan cómo la cultura litoraleña, el sapucay y la vida rural fueron claves para resistir el frío, el hambre y el combate en Malvinas.
A44 años de la guerra de Malvinas, los relatos de los excombatientes vuelven a poner en escena no solo la experiencia bélica, sino también las marcas culturales que atravesaron el conflicto. Entre ellas, emerge con fuerza una identidad: la del Litoral argentino. Soldados correntinos, formoseños, chaqueños y misioneros llevaron a las Islas algo más que uniforme y fusil. Llevaron su forma de vida, su lenguaje y sus códigos. Y en medio del combate, el frío y la incertidumbre, esa identidad se convirtió en una herramienta de resistencia.
Esta presencia regional tuvo un peso concreto en el frente: el Noreste Argentino (NEA) aportó cerca del 30% de los más de 23.000 soldados movilizados, en su mayoría jóvenes conscriptos provenientes de Corrientes y Chaco. Ese rasgo fue recuperado en distintas entrevistas por el general Martín Balza, quien estuvo al frente de la artillería terrestre en 1982. Al recordar a los combatientes del Litoral, hizo foco en una escena que lo marcó: los sapucay en pleno combate. “Los tengo en mis oídos hasta el día que me muera. No los voy a olvidar nunca”, repite.

Especialmente durante la noche, emergió el sapucay como un código de identidad inexpugnable. El grito visceral del Litoral, despojado de su contexto festivo, adquirió en las islas una dimensión de resistencia. Según cuentan los hombres del NEA, la guerra fue la extensión de una vida ya curtida por el rigor rural. Esa fortaleza previa, forjada en la crudeza del campo, transformó un rasgo cultural en una herramienta de supervivencia que hoy resuena en los testimonios de quienes pusieron el cuerpo en la primera línea.
La resistencia del Litoral
Daniel Rojas, veterano del Regimiento de Infantería 4 de Monte Caseros, explica a PERFIL: “La supervivencia nos sirvió mucho. Sabíamos cómo hacer una trinchera, cómo cuidarnos del frío. Yo vengo de una familia muy pobre, me crié en un rancho de barro. Éramos gente de campo, muy curtida”.
Esa “fortaleza de origen” se traducía en saber resguardarse, conservar el calor o improvisar refugios en un entorno de frío, humedad y escasez, donde detalles mínimos —una media seca, un pozo bien cavado— podían marcar la diferencia.

Hugo Bordón, también oriundo de Monte Caseros e integrante del mismo regimiento, tenía 18 años y estaba por terminar el servicio militar cuando le informaron que no sería dado de baja. “No nos explicaban mucho. Nos dijeron que teníamos que seguir en el cuartel y después viajar”, recuerda. A fines de marzo de 1982 fue trasladado a Río Gallegos junto a otros soldados del NEA. “Los correntinos que fuimos éramos muchísimos, de distintos regimientos. Cuando nos encontramos allá, se armó una hermandad fuerte”, cuenta.
El 17 de abril llegó a las Islas, en un escenario que todavía no había entrado en combate abierto. “Pensábamos que íbamos a estar unos días y volver”, dice. Esa expectativa se quebró el 1° de mayo, con el inicio de los bombardeos. “Ahí fue el bautismo de fuego. Fue una sorpresa total. Primero adrenalina, después un mar de llanto. Caímos en dónde estábamos”.
En ese clima de tensión permanente, el sapucay emergió como una marca distintiva. “Era la fuerza nuestra”, define Bordón. Funcionaba como una forma de alentarse entre compañeros, de sostener la presencia y de atravesar el miedo.
Luis Alfonso Cabral, misionero y combatiente en la batalla del monte Dos Hermanas, recuerda el efecto contagioso de ese rugido: “Escuchar ese sapucay te hierve la sangre, te impulsa. Servía para darnos ánimos entre nosotros; era la forma del litoralero de sacarse el miedo, de decir ‘acá estamos’”. Según los relatos, este grito no solo arengaba a las tropas argentinas, sino que desconcertaba a los ingleses, quienes se enfrentaban a un código cultural que no podían descifrar.

La vida en el frente
Las condiciones en Malvinas eran adversas: temperaturas bajo cero, humedad constante y raciones que rara vez llegaban al frente. Aunque las viandas de cuatro comidas diarias existían en los depósitos de Puerto Argentino, los problemas de logística y el asedio británico impidieron que llegaran a la primera línea. En ese escenario, Bordón resume: “Nosotros ya veníamos curtidos con el campo. Estábamos acostumbrados a trabajar desde chicos, a estar afuera, a aguantar el clima. Para nosotros era un poco más de frío nada más”, explica. Sin embargo, la escasez marcó el inicio de su guardia: “Llegamos con lo puesto. Recién después nos entregaron el equipo, pero al principio todo era muy precario”.

Rojas recuerda que el «click» de la guerra llegó cuando el hambre y el frío se volvieron compañeros permanentes. “Nadie venía y te decía: ‘Cuidate la media que cuando salís de guardia tiene que estar seca’. Eso ocurría en los pozos de zorro, donde el descanso era mínimo y el desgaste físico, constante”. Relata incluso la desesperación de no sentir las manos para raspar un fósforo y calentar una ración en su casco: “Sinceramente, ahí dije: ‘Acá me muero’”.
Esta lucha diaria contra los elementos —la falta de comida caliente, el calzado húmedo y las noches en «cobachas» de piedra— forjó un temperamento que los acompañaría mucho más allá del cese de fuego. Al regresar al continente, esa misma fortaleza sería la que tendrían que poner a prueba para enfrentar el silencio y la hostilidad de una sociedad que, por orden militar, les exigía callar lo vivido mientras el sistema los empujaba a la marginalidad y al olvido.
La desmalvinación de Argentina
El regreso
El final de la guerra no significó un cierre inmediato para quienes habían estado en el frente. Para muchos, el regreso fue otro proceso difícil, atravesado por heridas físicas, traslados largos y una posguerra marcada por el silencio.
Hugo Bordón fue herido el 11 de junio. Recibió dos disparos y sufrió una fractura expuesta de tibia y peroné. “Ahí pensé que me terminaba, que no volvía”, confiesa. Tras ser rescatado y operado por médicos británicos, su regreso al continente estuvo marcado por una prolongada internación en el Hospital de Campo de Mayo.
“Me reencontré con un compañero de Monte Caseros; lo reconocí por los gritos de dolor que pegaba. Tenía una esquirla en el muslo con la tela del pantalón y todo metida adentro del músculo”, contó a PERFIL.

Daniel Rojas recuerda la llegada al puerto de Puerto Madryn y el posterior ocultamiento: “Nos tuvieron 15 días en Campo de Mayo para que nos cambiáramos, nos afeitáramos y comiéramos bien. Querían que la sociedad nos viera limpitos, que no supieran cómo regresábamos realmente”. Antes de volver a sus hogares los combatientes firmaron un documento de silencio obligatorio. “Nos dijeron que no teníamos que contar nada, que no diéramos testimonio. Y eso nos quedó grabado. Quizá por eso muchos compañeros todavía no pueden hablar”, explica.
Luis Cabral es tajante sobre la importancia de la memoria viva: “Aprovechen que estamos nosotros para ser escuchados. No dejen que la historia la cuenten solo los libros; escuchen nuestra narración mientras estemos vivos”.

Bordón coincide y cuestiona las etiquetas que intentan victimizarlos: “Siento bronca cuando dicen que éramos solo ‘chicos’ que pasaron hambre. Fuimos soldados. Hay que hablar con nosotros antes de contar la historia”.
En cada conversación aparece lo mismo. La misión de los veteranos es clara: que la sangre derramada no se olvide y que las nuevas generaciones tomen la posta. Cabral, por ejemplo, transformó su propia casa en un museo con piezas de las islas, recorre las escuelas de Misiones para contar su experiencia. En Corrientes, Bordón, Rojas y otros excombatientes sostienen ese trabajo territorial con charlas y encuentros en escuelas, en el marco de una política provincial que promueve la memoria y organiza viajes de veteranos a las islas. “Que nos usen, que nos consulten todo lo que necesiten saber mientras estemos acá”, insisten.
Fuente: Perfil