Extraños robos en la escuela de las mesas carretel

Por Osvaldo A. Bodean, publicado por www.elentrerios.com

Educan las personas. No los ladrillos, ni las paredes, ni las computadoras, ni el mobiliario.

Cuando hay docentes de alma, apasionados por la vida de sus alumnos, la educación germina aún en medio de las peores carencias.

Tal vez una prueba de ello sea la Escuela Teresa de Calcuta, ubicada en una humilde barriada del densamente poblado noroeste de Concordia.

Al llegar, uno se da cuenta de que es una escuela sólo porque tiene lo esencial. Es decir, los niños, sus maestras y las madres de la cooperadora.

El resto casi no existe. Lo más costoso que tenía la escuela, se lo robaron: 30 netbooks (guardadas desde hace un año a la espera de que llegaran los técnicos a destrabarlas), un televisor, un proyector, etc.

NUEVE AÑOS DE OLVIDO

La escuela no nació recién. Fue fundada en 2006, cuando Jorge Busti era gobernador y ya Sergio Urribarri, que era súper ministro y titular de CAFESG, había mandado a confeccionar el traje para sucederlo.

En aquel inicio, que casi con seguridad habrá respondido no a una previsora planificación sino a la urgencia de padres que reclamaban bancos para sus hijos, las carencias materiales se asumían como transitorias, con tal de que no faltara lo esencial: maestras y niños.

Pero nueve años después, esas carencias son pruebas irrefutables de una injusticia que clama al cielo, de una inequidad educativa que debería avergonzarnos a todos, de una cachetada aplicada a la dignidad de esas maestras, de esos niños y sus familias.

En una década en la que se supone que la economía creció y el patrimonio de los gobernantes se multiplicó, sólo fueron migajas las que se «derramaron» hacia los alumnos de la escuela Teresa de Calcuta.

LAS MESAS CARRETELES

Cuando entré a las aulas y vi los enormes carreteles de cables donados por la Cooperativa Eléctrica, utilizados como mesas redondas para que los alumnos puedan apoyar sus cuadernos, me acordé de esa canción de Silvio Rodríguez que dice «sólo el amor convierte en milagro el barro».

¡Habría que darles a estas maestras el premio al ingenio y al reciclado!

El educador brasileño Augusto Cury, que postula la necesidad de que los alumnos no vean la nuca de sus compañeros sino que se ubiquen en círculo y se puedan mirar a los ojos, se asombraría del originalísimo modo en que esta escuela entrerriana aplica su teoría.

EL ROBO QUE HIZO VISIBLE OTROS ROBOS

Eduardo Galeano dice que los «nadies» «no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local».

Las escuelas de los pobres a menudo corren la misma suerte. Son noticia sólo en las páginas policiales: Porque algún chico hace una barbaridad, porque algún padre ataca a un docente, porque alguien lleva una tumbera, o porque les roban, como sucedió en la Teresa de Calcuta.

Fue un robo que sirvió para desenmascarar otros robos.

Porque también es un robo que una escuela que ya cumple 9 años siga sin mobiliario y que en los baños haya piletas de lavar la ropa en vez de lavatorios, por ejemplo. O que desde febrero hasta los primeros días de abril, un ventanal no tuviera el vidrio que la Dirección de Arquitectura había prometido colocar.

EL HIJO «CONSTRUCTOR» DE LA DIRECTORA DEPARTAMENTAL DE ESCUELAS

La desaparición de las netbooks desnudó además un peculiar modo de administrar.

El «constructor» que junto a un grupo de ayudantes colocaba placas de yeso para dividir un ambiente y generar pequeñas aulas resultó ser el hijo de Griselda Touliet, directora departamental de escuelas.

Cuentan en la comunidad educativa que un buen día llamó la funcionaria para comunicar la buena nueva de que iría su hijo a emprender la pequeña obra tan esperada. No consta que tal decisión haya sido precedida de cotejo de precios ni mucho menos de licitación. Tampoco hay papel que demuestre que el hijo esté inscripto en la AFIP, ni que tenga contratado seguro para su personal, si es que tiene empleados declarados.

Y como si todo esto fuera poco, es al hijo de la funcionaria a quien la directora de la escuela dice haberle entregado las llaves del establecimiento que habrían sido usadas para perpetrar el hurto, lo que lo convierte en uno de los sospechosos.

Quizá la directora pensó que mandando a su hijo aceleraba los tiempos de la burocracia a la par que ayudaba al muchacho a sentirse útil, a trabajar. Hasta se la habría escuchado comentar que dispuso plata de su bolsillo para pagarle. ¡Quién es uno para juzgar intenciones! Lo que está por demostrarse es si para adjudicar los trabajos respetó o no elementales reglas administrativas, como también quién se llevó las netbooks.

Lo que no hace falta probar es la chapucería de los supuestos «constructores», entre los cuales no sólo está el grupo comandado por el hijo sino también una cuadrilla venida desde Paraná.

Una mochila de un baño recién colocada pero atada con alambre y un portón de entrada al que le soldaron del peor modo algo que intenta parecerse a una cerradura, son sólo dos de los detalles que avergonzarían a cualquiera.

Tanto para el hijo como para su madre, rige el principio de presunción de inocencia. Lo que no puede regir es la impunidad. Poder judicial mediante, tienen que aparecer los que se aprovecharon de la indefensa Teresa de Calcuta.

LA ESPERANZA

Bastó que en los medios se hablara de la escuela, de su pobreza, del extraño robo, de la «adjudicación» de obra al hijo de la Directora Departamental, para que el gobierno desempolvara el proyecto de un nuevo edificio.

«Nos llamaron de Arquitectura. Anunciaron que van a construir la escuela en el terreno que está al lado. Estamos muy felices», me dijo Quela, una mamá.

Aunque no fuera la intención del ladrón, el robo quizá haya contribuido a que la escuela tenga esperanzas en un futuro digno.