La eyección de Edgardo Kueider de la política responde a una vieja lógica del sistema: entregar cada tanto una ofrenda para que sea devorada por las fieras ante la mirada celebratoria de las gradas. El pulgar arriba o abajo lo define todo.
El ex senador nacional habló y se presentó como víctima de “operaciones políticas, judiciales y mediáticas” orquestadas desde Entre Ríos y Buenos Aires. Operaciones que no fueron las primeras y no lo tuvieron como primera víctima. Ni serán las últimas.
Kueider permanece detenido desde diciembre. A los pocos días de la detención fue destituido como senador, lo allanaron, detuvieron a personas allegadas, la política le soltó la mano, lo expulsaron del peronismo y se activaron y reactivaron causas judiciales en su contra por delitos de todo tipo.
Pero a Kueider el Senado lo expulsó por inhabilidad moral, técnicamente. Aunque fue expulsado de la política por inhabilidad, por no haber tenido la habilidad de sostenerse en ese mundo. Tal vez muchos de los senadores no sepan ni les importe qué es la moral. Pero en ese ámbito no se sobrevive sin habilidad.
«La moral es la certeza de que estás haciendo lo correcto«, dice John Galt y aunque los pares de Kueider en el Senado en ese momento no hayan leído a Ayn Rand, votaron por la expulsión con esa certeza, en una acepción renovada de la corrección política.
En otras épocas y en otro contexto, el título hubiera dicho: «el senador fulano de tal inicia su defensa en un proceso» y hubiésemos escuchado expresiones del tipo: la Justicia está investigando y es nuestro deber respetar la independencia de poderes para dar todas las garantías republicanas. Expresiones propias de la casta cuando decide resguardar a uno de los suyos y que usaron dirigentes libertarios, del Pro y radicales cuando se les habló de investigar al presidente Javier Milei por su publicación en flagrancia a favor de una criptomoneda que resultó una estafa.
El kirchnerismo, apoyado por la UCR, el oficialismo, parte del Pro y fuerzas provinciales expulsó a Kueider porque pudo, porque le convenía, porque movió un poquito la balanza legislativa. Su expulsión aportó meses de raciones para los títulos carnívoros alimentando la simulación de que el sistema tiene sus anticuerpos y a la vez reforzando su blindaje. De última a quién le importa que el 40% de los senadores haya sido investigado por la Justicia o que en el caso de la denuncia por abuso que terminó en condena el involucrado haya sido licenciado.
Kueider tiene mucho de razón en que fue víctima de operaciones, de las que está hecha la política y de las que lo podrían haber tenido del otro lado del mostrador en alguna situación. Pero eso no lo salva ni lo exculpa.
Ya fue arrojado a las fieras como escarmiento y como entretenimiento, siguiendo la vieja tradición del circo romano, que era financiado por la casta de aquella época.
Guillermo Pérez – Redes de Noticias
