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Management & Fit: “en los focus group se dice que Milei ya hizo el trabajo que vino a hacer”

La consultora Mariel Fornoni analizó la caída sostenida en la imagen del gobierno de Javier Milei, su impacto en las expectativas sociales y los riesgos políticos hacia las elecciones.


Mariel Fornoni es consultora, conferencista y docente universitaria. Es doctora en Economía y Empresariales por la Universidad de Valencia, licenciada en Administración y magíster en Gestión Universitaria. Es socia de la consultora Management & Fit, especializada en investigación de mercado, opinión pública y consultoría política.

Primero, un balance de esta caída sostenida que viene llevando la imagen de Milei, la imagen del gobierno, en estos últimos meses y una prospectiva a tu juicio de si es recuperable de cara a las elecciones del año próximo.

La verdad que la caída ha sido importante. Nosotros en los dos últimos meses tuvimos una caída en la gestión de gobierno de más de 10 puntos y esto también se condice con la caída en las expectativas, sobre todo las expectativas a futuro, que me parece que es un poco el tema a cuidar porque es donde está anclado el éxito o la paciencia de la gente hacia el gobierno.

Entonces hoy, cuando uno pregunta sobre la evaluación del país, esto descendió 11,9, casi 12 puntos en relación a febrero y es un tema importante a tener en cuenta también que la expectativa de mejora cayó casi nueve puntos.

A ver, esto yo creo que no es cuestión de un único factor. La economía, por supuesto, tiene mucho que ver. Hoy la situación económica personal se presenta negativa para la mayor parte de las personas y vuelve la inflación al primer lugar de las menciones, aumentó cinco puntos respecto al mes anterior.

Pero también hay otro tema con el que genera una sinergia importante, que tiene que ver con la corrupción. Hay un tándem entre situación económica negativa y corrupción que en general genera mucho descontento en la gente y todo este escándalo —bueno, primero Andis, después lo de Adorni, las criptomonedas y demás— generó una situación de decir: “Yo estoy dándole tiempo a este gobierno porque venía a ser distinto, porque no venía a ser la casta”.

Y cuando uno ve actitudes que son las actitudes de la casta —que de hecho el término casta sería como, a ver, no sería correcto porque en realidad ellos son parte del gobierno, o sea que indefectiblemente serían casta de todas maneras—, pero cuando uno ve que las conductas pueden ser similares a lo que venían a combatir, eso genera una negatividad fuerte.

Javier Milei tiene 57,2% de imagen negativa, según una encuesta

Y me parece que esas actitudes y esos comportamientos se sinergizan con la situación personal de la gente, que no la está pasando bien. Y esa paciencia de decir “bueno, no la estamos pasando bien porque más adelante va a venir algo mejor” empieza a perder fuerza y empieza a generar todo lo contrario al optimismo.

Empieza a generar decepción, empieza a generar tristeza, enojo y sentimientos negativos, ya no de expectativa o de esperanza como por ahí era al principio.

Hay un cambio fuerte en términos de los sentimientos de la gente también.

Mariel, con tu experiencia, ¿notás algún punto de comparación con otras decepciones con gobiernos anteriores? ¿Hay una especie de recurrencia?

Primero, lo de Adorni. Es cierto que en términos de monto, de envergadura, es un tema menor, pero también es cierto que es muy perceptible por la gente. Cuando vos a la gente le hablás de criptomonedas o de otros temas, esto es un hecho de casta, ¿no? De decir: “Bueno, nunca haríamos esto” y estás subiendo a tu mujer al avión, o “nunca haríamos esto” y estás…

Entonces me parece que, desde un lugar donde siempre habían tenido mucha soberbia en eso, o una cuestión de un discurso muy marcado en la ética y la moral, también tiene que ver con las expectativas. Cuando vos generaste expectativas de un gobierno donde lo central era la ética y la moral, esto no se permite.

Después sí es cierto que la paciencia tiene un límite y la paciencia se agota —o se recupera— muchas veces por hechos que no tienen que ver con el hecho subyacente. Es decir, así como en algún momento Cristina Fernández de Kirchner, que venía muy mal, se recupera con la muerte de su marido y la gente empieza a aprobar su gestión, cosa que no tenía nada que ver con los hechos, sino que era una cuestión de empatía.

También se te puede disparar por un tema que no tiene que ver directamente. Yo me acuerdo que después Cristina gana la elección y después de la tragedia de Once ese hecho desencadenó un sentimiento de “bueno, la corrupción mata” y cayó 20 puntos.

Entonces me parece que esto, bueno, obviamente se puede recuperar, pero también se puede seguir cayendo.

Quiero ponerlo en ejemplos que puedan ser comprensibles para personas que no son especialistas en opinión pública como tu caso, llevarlo a algo más pedestre. ¿Sucede en las relaciones humanas, no? El clásico ejemplo que cuentan las abuelitas de que por la sopa fría el señor se fue y no volvió nunca más. Es decir, suceden en todas las relaciones que en determinado momento hay un desencadenante, pero no es el determinante. No hay un punto de inflexión único, de la misma manera que la empatía que generó en el caso de Cristina su viudez y la desempatía que generó el accidente ferroviario, donde se consolidan todas las negatividades acumuladas y en un momento una cuestión es significante de todas las demás. No sé si esta explicación más silvestre la compartís para hacerlo más comprensible a la audiencia.

Sí, exactamente. Es la gota que rebalsa el vaso. Uno nunca sabe por dónde se puede disparar.

Lo que pasa es que cuando vos pusiste las expectativas en una cuestión puntual que tiene que ver con esto, con la casta, con la ética, con la moral, con las cuestiones a las cuales la gente estaba muy exhausta de todo esto, el impacto es mayor.

Quizás en el caso del kirchnerismo era “cuidar a la gente” y el accidente de Once es un referente de lo contrario, porque era la gente que trabajaba, que se iba a tomar el tren a la mañana para ir a trabajar y era supuestamente a los que ellos cuidaban.

Es un riesgo enorme que el gobierno no le pida un paso al costado a un funcionario y además vaya a confrontar al Congreso. ¿Cuál es tu evaluación de esta jugada?

Este gobierno siempre ha jugado así, al límite, de manera arriesgada. Eso también es parte de lo valorado por su núcleo duro. Pero tradicionalmente cualquier funcionario debería actuar como pararrayos del presidente, no exponerlo.

Y en este caso es al revés: el presidente se expone para ir a defender a un funcionario de su gobierno.

Además, me parece que han tenido un costo de oportunidad muy alto en términos de haberse perdido la posibilidad de dar buenas noticias o de mostrar algunas cosas. Todo lo sucedido en el viaje a Estados Unidos quedó opacado por la figura de Javier Milei y por este tema, y además por el rol de Adorni, que es una suerte de vocero, con lo cual era muy difícil sacarlo de ese eje: el avión, los gastos, el departamento.

Entonces también han tenido un costo de oportunidad muy alto de dejar de generar expectativas. Les cuesta mucho cambiar la agenda.

Creo que esta decisión no es la correcta, pero es parte del estilo de este gobierno libertario, que tiende a jugar al límite, a correr los límites y a mostrar que están más allá de todo.

Y creo que esto camina bien entre su núcleo más duro y no lo hace en aquellos que empiezan a alejarse, en los votantes más blandos. Cuando miramos la pérdida de apoyo o la baja en el nivel de aprobación de gestión, vemos que todavía tiene un núcleo duro que lo apoya, pero empieza a perder los votantes más blandos: los votantes de Juntos por el Cambio, del PRO, de la Coalición Cívica, o el voto del balotaje, el voto radical.

De todas maneras, también hay que decir algo: hoy el nivel de aprobación del gobierno, que está alrededor de los 37 o 38 puntos, es más alto a esta altura de mandato que el de cualquiera de los gobiernos anteriores. Mauricio Macri fue el más cercano, con unos 33 puntos, pero tanto Cristina Fernández de Kirchner como Alberto Fernández estaban en 25.

Es decir, el nivel de aprobación todavía sigue siendo más alto que el de sus predecesores.

También es cierto que nadie capitaliza este descontento. No hay figuras de la oposición capitalizando el descontento de la gente con el gobierno, y eso al gobierno le genera un punto importante a favor, porque hoy compite solo.

Pero también competir solo tiene sus peligros, porque te lleva a cometer más equivocaciones, a tener las batallas hacia adentro del espacio.

Yo no veo esta situación de haber ido el presidente a defender a su funcionario en el Congreso como algo positivo. Me parece que para eso está la Justicia.

Y cuando el presidente se enfrenta con un periodista, un economista o un consultor, tiene que tener en cuenta la investidura que tiene. Es el presidente. Entonces hay una inequidad muy fuerte en esas relaciones.

¿Hay en ese desafío, independientemente de satisfacer a la audiencia propia, cierta pulsión de muerte, cierto “tánatos” que caracteriza a este gobierno, que en su momento la sociedad valoró porque parecía dispuesto a cualquier cosa, incluso a inmolarse? ¿Y hoy el ánimo de la sociedad en su conjunto ya no valora ese arrojo casi suicida como una virtud?

Puede ser que ya no tanto. Lo que escucho mucho en estudios cualitativos es: “vino a hacer lo que tenía que hacer, pero ya está, ya lo hizo”. Ese es el riesgo.

Hay muchas cuestiones por las cuales no sé si otro espacio hubiera logrado en tan corto tiempo el ajuste o las decisiones difíciles que tomó Javier Milei. Después, por otro lado, está este tema de que hoy no se visualiza a nadie que pueda seguir ese trabajo.

También esto va a depender mucho de cómo termine resultando la última parte de este gobierno. Puede ser que se recupere y que la gente sienta que la situación mejora y vuelva a reelegirlo, o que termine más o menos y busquen otro liderazgo similar, alguien que no venga de la política tradicional, o que termine mal y la gente quiera volver a un liderazgo político tradicional.

Eso hoy está en manos, fundamentalmente, del gobierno.

Pero sí escucho mucho esta cuestión de decir: “valoramos lo que hizo, ya está, ya lo hizo”. Entonces me parece que tiene que tener cuidado con jugar con ese límite.

Fuente: Perfil

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