Por Osvaldo Bodean
No sé muy bien por qué. Tal vez sea sólo una cuestión visceral. O porque me hace pensar demasiado… O porque soy complicado nomás…

Son esas fechas bisagras, en las que uno se replantea cosas, se promete a sí mismo cambiar lo que supone haría falta cambiar. Son sólo promesas, como cuando en la primaria empezábamos un cuaderno nuevo… «Voy a hacer letra prolija, no voy a borronear más», me decía… Pero a la segunda o tercera página volvía a mis jeroglíficos indescifrables y arremetía con la goma hasta hacer un agujero en la hoja… Por entonces no había corrector, aclaro.
Tal vez no me guste el 7 de junio porque odio los agasajos preparados desde el poder… Hace años que dejé de ir. Y no es que esté mal ir. ¡Quién soy yo para determinarlo! Todo bien con los que los organizan. Uno los entiende. Puede que sus intenciones sean las mejores. O no. O estén mezcladas. En los humanos no hay nunca pureza absoluta de intenciones. Como sea, me asfixia la hipocresía. La ajena y también la propia.
Tal vez no me guste el 7 de junio porque tiene demasiada prensa. Ni los mecánicos, ni los dentistas, ni los obreros de la construcción, ni los médicos, ni los enfermeros, ni los artistas, ni los ingenieros, ni los zafreros del citrus, ni los artesanos, ni los terapeutas ocupacionales, ni los empresarios, ni los tamberos, ni los choferes, ni las amas de casa, por citar sólo algunas actividades, tienen un día tan «célebre»…
Tantos honores, tantas palmadas en la espalda, tantos masajes al ego, tantos brindis, marean, y, sobre todo, encubren, disimulan, la realidad de un oficio por lo general muy mal pago, precarizado, bordeando siempre la informalidad, supeditado a la pauta privada siempre escasa y a la estatal disciplinante.
Como sea, y por contradictorio que parezca, bienvenido sea el incómodo 7 de junio, si nos ayuda a desinstalarnos, a apartarnos de las avenidas anchas, asfaltadas e iluminadas, para atrevernos a abrir un sendero en el monte hacia lo desconocido, hacia las periferias.
Atribuyen a Emmanuel Mounier haber dicho que «lo único que vale es la inquietud divina de las almas insatisfechas. ¡Ay de los espíritus limitados, de las personas sentadas en las cátedras, de la personas satisfechas, de los inteligentes, de los u-n-i-v-e-r-s-i-t-a-r-i-o-s! (…)»…
Con el alma insatisfecha, me atrevo a plantear algunas provocaciones al periodismo de estos tiempos:
La corrupción que no vemos
Por estos días que corren, cuando el periodismo es tenido poco menos que como el héroe del momento por sacarles la careta a los que se afanaron todo, suelo preguntarme cuál es la peor de las corrupciones.
Confieso que siento una incomodidad con el asunto. Como un malestar interior. Intuyo que los reflectores de nuestro periodismo están iluminando sólo una parte de la realidad. Que, tal vez, nos estemos volviendo cada vez más indiferentes a otras cosas.
No cabe duda que está muy mal apropiarse de fondos del Estado. Pero haríamos bien en abrir la mirada, por si ahí no acaba el asunto y tal vez apenas si comienza.
No es casual que al Papa Francisco le preocupe tanto la globalización de la indiferencia e insista con salir hacia las periferias.
La indiferencia es algo así como la cara invisible de la corrupción. Es el pecado de omisión. No es lo que hacemos mal sino lo que no hacemos. Pero sus consecuencias no son menos graves.
El indiferente -que puede ser cualquiera de nosotros- se siente buen tipo porque no roba ni mata, pero mira para otro lado mientras a su alrededor perduran graves injusticias y desigualdades extremas, enquistadas desde hace décadas, bajo la forma de analfabetismo, desnutrición, precariedad laboral, casillas indignas, hacinamiento, desarraigo.
Años de demagógicos discursos progresistas y populistas, usados para encubrir raterías con un manto de falsa sensibilidad e inclusión social, terminaron por desteñir una de las banderas que más urge levantar, si de verdad se quiere un cambio. No sea que la enarbolen de nuevo los mismos de antes, para mentirnos otra vez.
En fin, se trata de avergonzarnos de que haya hambre en la patria del pan. «Lo que nos falta no es comida, lo que nos falta es vergüenza», dice Abel Albino.
Se trata de que nos indignen y movilicen realidades como la del chico de un barrio de Concordia, al que un grupo de voluntarias estudiantes de profesorado debieron enseñarle a leer y escribir ¡a los 15 años! ¡Y cuántos como él!
Nuestros barrios están atravesados por la miseria, la injusticia, la droga, la violencia de género, la desestructuración familiar. Sus escuelas tienen edificios donde ninguno de nosotros aceptaría que concurran nuestros hijos. Atender a estas realidades debería ser prioridad, no como un espectáculo, tampoco como una táctica para golpear al gobierno de turno, pero sí como provocación permanente al poder y a la sociedad para condicionar las decisiones en pos de remover estructuras injustas, apelando a políticas de fondo que no se queden en el asistencialismo clientelar.
Hagamos del periodismo ese aguijón que perturba las conciencias adormecidas y los consensos cómodos.
No sea que el «mani pulite» al que estamos sirviendo acabe como una película donde los malos terminan presos, aplaudamos desde las butacas y nos vayamos todos contentos a dormir, mientras la deuda social sigue allí y -por dar un ejemplo- el dinero recuperado a los corruptos es usado en la compra de patrulleros nuevos para proteger a los que más tienen de los que menos tienen.
No podemos conformarnos con un mundo donde la desigualdad ha adquirido ribetes extremos, hasta erigirse en una verdadera bomba de tiempo, con casi la mitad de la riqueza en manos del 1% más rico de la población y la otra mitad repartida entre el 99% restante. ¿No es eso corrupción también? ¿Y no es corrupción también cruzarnos de brazo como si nada pasara?
Redescubrir lo humano en la hondura de la grieta
La grieta de la que tanto hablamos no es otra cosa que una versión renovada de otras tantas que dividieron a los argentinos, incluso desde antes de su nacimiento como Nación.
Siempre la trampa que llevó a las partes a cavar hondas trincheras ha sido el maniqueísmo: nosotros, los buenos, contra ellos, los malos. Una simplificación que ofende a la inteligencia.
Solo la enajenación, la falta de realismo para mirarnos a nosotros mismos y para mirar a los demás, conduce a esta impostura, que algunos vivos alimentan porque dividir siempre sirvió para reinar.
Los periodistas deberíamos parecernos a Ivo, el protagonista de la película Mandarinas, que socorre en su casa a dos hombres heridos: uno checheno y el otro georgiano. Ambos enemigos, fanatizados por la guerra.
Ivo los valora por igual, los cuida por igual. No cae en la trampa de los bandos ideológicos. Ve lo que tienen en común, la condición humana de los dos y termina logrando que ellos se miren de ese modo.
Siento como una urgencia que desde los medios ayudemos a redescubrir la verdad de las personas, su humanidad escondida tras las caparazones ideológicas y los rudimentarios y enfermizos esquemas maniqueos, que solo saben de venganzas sin fin.
Sería una gran cosa volver a asombrarnos, no ya por cuán distintos somos, sino por la condición humana común, por ese mismo corazón que late en todos con los mismos deseos, galopando detrás de la felicidad, equivocándose, desviándose, empantanándose, arrepintiéndose, intentándolo otra vez…
Hacia un periodismo ciruja
Me preocupa que nuestro periodismo, centrado casi exclusivamente en lo que está mal, cultive una actitud desesperanzada.
San Francisco llamaba a la realidad entera y hasta a la muerte de “hermana”. San Agustín decía que “todo es amigo para quien tiene un amigo”. Ambos partían de una certeza que escasea en nuestra época: la positividad última de la vida.
Somos hijos de un nihilismo que no cree en nada ni en nadie. La vida, los hijos, la vocación, todo se nos ha vuelto un problema en vez de una gracia. Nos invade una desconfianza llena de prejuicios y vivimos a la defensiva de lo que puede acontecer.
Se me dirá -y tal vez con razón- que no es periodismo andar ocupándose de lo que anda bien, de los buenos ejemplos. Pero siento que hay que intentarlo. Que lo necesitamos.
Quizá los periodistas deberíamos aprender de los cirujas, que revuelven la basura en busca de algo que sirva, que pueda ser útil, que tenga valor, que pueda ser rescatado, salvado.
Es verdad que no podemos dejar de denunciar lo que está mal, cueste lo que cueste, pero ¡Dios nos salve de volvernos ciegos, indiferentes, ante el bien, la belleza, el amor, el perdón, que también existen y a raudales!
«Decir la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad, decir tontamente la tonta verdad, preocupadamente la preocupante verdad, y tristemente la triste verdad». Así definía al periodismo Charles Peguy.
Entre esas «tontas verdades», démosle cabida al bien.